CENTENARIO
J. Mª. PEREDA
Este año se
celebra en centenario de José María Pereda, el escritor cántabro de novela
costumbrista. La ruta organizada coincide pues con dos fechas señaladas para nuestra
región: el mencionado centenario y el ya comentado año jubilar lebaniego. El
itinerario aquí propuesto es además un homenaje al escritor y un acercamiento
al escenario real de su novela quizá más afamada: “Peñas Arriba”. Como a
continuación veremos, nuestra ruta parcialmente coincide (casi en la mitad de
su recorrido), con muchos de los territorios descritos en la novela. Para
conocer estos escenarios, planteamos ahora una breve reseña de aquellos lugares
por los que transcurre nuestra ruta y su evidente relación con algunas de las
situaciones recreadas en la novela. Para ello, nos basamos en la obra de José
María de Cossío: “Rutas Literarias de La Montaña” (Estvdio, Santander, 1989).
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Nuestro recorrido de la primera jornada, desde muy
pronto (llegados a las cercanías de Reinosa) va a ser paralelo (aunque a mayor
altura) al que el protagonista de la novela realiza cuando procedente de Madrid
en tren, se encamina al pueblo de sus ancestros, a través de las montañas.
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Cuando en la novela el protagonista madrileño llega a
ver el nacimiento del Ebro en Fontibre, sus pensamientos le sugieren comentar
algunas cosas sobre el recorrido y desembocadura del río, a los cuales contesta
su acompañante y guía local Chisco con diferentes argumentaciones. Nosotros no pasaremos
exactamente por el lugar turístico considerado como nacimiento del Ebro, pero
si cerca y probablemente lleguemos a divisarlo desde mayor altura.
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Nuestra primera noche en Soto, coincide con toda
probabilidad con la dirección y zona por la que los personajes cambian de
dirección para atravesar el valle del Saja por su “cabeza”, en las
inmediaciones del puerto de Palombera. Cerca de allí, se encuentra Proaño, cuya
“… torre y casa adyacente fueron morada de una de las figuras más singulares,
atractivas y valiosas que ha producido esta Montaña: Don Ángel de los Ríos y
Ríos. Llamábanle todos el Sordo de Proaño, porque lo era, y en sus últimos
tiempos en grado sumo… Pereda retrató de modo indeleble la mansión y el
carácter solariego de Proaño, y la descripción que hace de la torre es válida y
es exacta… muchos más detalles pone Pereda en boca del Señor de Provendaño
(Proaño), y sin duda son informes verbales de don Ángel, pues no era Pereda
hombre dado a disquisiciones históricas…”.
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Nuestra segunda jornada se dirige hacia el oeste, por
la ruta más lógica descrita en la novela, desde hora temprana ascendemos por
bosque y praderías para superar el collado de Rumaceo. “Por este collado
ascendió el protagonista de Peñas Arriba, guiado por el espolique Chisco, y
desde él señaló a su acompañante “con cierta solemnidad que entonaba muy bien
con lo señalado” el camino que tenían que seguir con esta sola palabra: “El
Puertu”. Describe Pereda esta ruta, y es de los capítulos más populares y
conocidos de su novela de las cumbres. Pero es lo cierto que jamás la recorrió
y que las referencias topográficas están cambiadas, a veces disparatadamente,
sin que un solo pico de los que nombra esté en su lugar. Pero era tal la
intuición del novelista que con estos elementos trastocados, con estos datos
confusos llega a dar con lo esencial del paisaje veracísimamente, y que las
impresiones que recibe su personaje novelesco son las mismas que las
experimentadas por cuantos le hemos cruzado y le llevaremos siempre impreso en
el recuerdo con todos sus accidentes”.
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La ruta transcurre al sur de varias altas cumbres
como Peña Labra, Cueto Cordel, etc. a alguna de ellas “…Pereda hace ascender al
urbano protagonista de Peñas Arriba, en compañía del párroco de Tablanca, don
Sabas, experto caminante de aquellas alturas. La niebla baja de los valles
cubría el paisaje, y sobre ella surgían los picos más elevados”:
“Poco a poco fueron las nieblas
encrespándose y difundiéndose, y con ello alterándose y modificándose los
contornos de los islotes, muchos de los cuales llegaron a desaparecer bajo la
ficticia inundación. Después, para que la ilusión fuera más completa, vi las
negras manchas de sus moles sumergidas, transparentadas en el fondo hasta que,
enrarecida más y más la niebla, fue desgarrándose y elevándose en retazos que,
después de mecerse indecisos en el aire, iban acumulándose en las faldas de los
más altos montes de la cordillera.
Roto, despedazado y recogido así el
velo que nos había ocultado la realidad del panorama, se destacó limpia y bien
determinada la línea de la costa sobre la franja azul de la mar, y aparecieron
las notas difusas de cada paisaje en el ambiente de las lejanías y en los
valles más cercanos: las manchas verdosas de las praderas, los puntos blancos
de sus barriadas, los toques negros de sus arboledas, el azul carminoso de los
montes, las líneas plateadas de los caminos reales, las tiras relucientes de
los ríos culebreando por el llano de sus desembocaduras, las sombrías cuencas
de sus cauces entre los repliegues de la montaña… Todos estos detalles, y otros
y otros mil, ordenados y compuestos arte sobrehumano en medo de un derroche de
luz, tenían por complemento de su grandiosidad y hermosura el silencio
imponente y la augusta soledad de las salvajes alturas de mi observatorio”.
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Nuestra segunda noche es en el valle de Polaciones,
en la cuenca alta del Nansa. Allí, como nos escribe Cossío, “…todos estos
recuerdos ceden ante el de la novela perediana, y quienes visitan este valle
quieren saber dónde estaban la cocinota, y la solana, y la alacena de la plata,
e identifican las callejas, y el pedregal por el que subiera el viático, y el
camino por donde llegó desde Reinosa el protagonista, y el monte en que tuviera
lugar la tremebunda aventura cinegética contra el oso. Yo procuro ayudar a la
ilusión, pero a mi mismo me es imposible dar esta información con escrúpulo, y
me esfuerzo por hacer verosímiles las situaciones y paisajes que Pereda
adivinara, y ello con tanta sagacidad y clarividencia, que pueden fallar
circunstancias adjetivas, pero las fundamentales perviven en la aldea, y ella y
la casa se sienten hechas leyenda al toque de la pluma genial del gran
montañés. No importa que las cosas no estén en el lugar en que Pereda las
sitúa. Trastocadas componen una realidad que se transparenta en lo imaginado
por el novelista, y yo mismo, al releer el libro, dudo ya de quién es la razón
y dónde está la realidad, pues la creada por Pereda consagra la que me ciñe y
rodea; o es acaso que la auténtica sirvió de cimiento a la fantasía del
novelista, y la verdad, la seguridad y la autenticidad está siempre en los
cimientos”. La situación exacta de la aldea está perfecta determinada, su
nombre ha variado poco del real Tablanca (en la novela) por Tudanca en la
realidad. Aunque en nuestra ruta no pasaremos por dicha aldea, sino algo más
elevados y más al sur. Otros nombres ficticios con lo que juega la novela son
el del valle de Promisiones (por Polaciones) y Caórnica (por Cabuérniga).
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También en la novela se hace mención a parte de
nuestro recorrido de la tercera jornada “…cuando al anunciarse un recio
temporal cuentan aquellos aldeanos como síntoma “el rebombe del pazón de Peña
Sagra”, y, añade, “un lago o pozo muy grande, que se da por existente, aunque
no sé de nadie que le haya visto, en las entrañas de aquel coloso de la
cordillera”. El pozo existe y yo he estado a su orilla…”. Nuestra ruta pasa
necesariamente por la falda suroeste de Peña Sagra, permitiéndonos pasar a
Liébana por el collado de las Inverniellas, lugar donde las praderías alcanzan
los peñascos más abruptos de la sierra que forma todo el macizo de Peña Sagra,
cumbre mítica de Cantabria tanto por referencias históricas como por alguna que
otra leyenda.
Al parecer,
y para terminar nuestro sencillo acercamiento a Pereda, la primera noticia que
se tiene de su novela Peñas Arriba, es
del 18 de noviembre de 1892, cuando Pereda comunica a un amigo el proyecto que
acaricia: «Yo ando algunos días hace metido con pocos alientos y de mala manera,
en el empeño de una novela, no ya montañesa, sino montaraz, de entre lo más
enriscado de la cordillera Cantábrica; pero el poco conocimiento que tengo de
aquellas regiones y la consiguiente dificultad de circunstanciar sus cosas,
unido a las contrariedades mecánicas que este taller me ocasiona a cada
instante, son trabas que no me dejan andar al paso que yo acostumbro, ni contra
la seguridad que se necesita cuando se va derechamente a alguna parte».